En estos tiempos modernos, es más fácil decir adiós. Basta con un mail, una llamada, un mensaje, aunque también hay quienes se desaparecen  y los que nada más cambian el estatus de relación en Facebook, esperando que eso sea lo único necesario. 

El cambio es brutal y de un día a otro; desde hacía tiempo sosteníamos una conversación aparentemente infinita, desde la mañana hasta la noche y continuábamos la siguiente mañana y la siguiente noche y la siguiente mañana. Y la siguiente noche. Ahora ni siquiera somos amigos en Facebook y nos dejamos de seguir en Twitter y creo que me bloqueaste en Tumblr, porque lo entiendo, ninguno quiere saber.

Carajo, además ponías una combinación perturbadora en tu Tumblr, mitad memes sobre el vacío de la vida, mitad gifs medio pornográficos y era como decir miren, estoy muy triste, pero traigo muchas ganas.

También lo entiendo. Yo también estoy triste.

(También traigo muchas ganas)

A lo mejor no debimos ver tantos apartamentos juntos, porque ahí nos dimos cuenta que yo no quería vivir en los que a ti te gustaban y a ti no te gustaban los departamentos en los que yo quería vivir y al final nos dimos cuenta de que no era una cuestión inmobiliaria. No sé, mejor no hablamos de eso.

El único problema que queda es el perro.

No hubo llamada o mensaje de despedida para él. Ninguna última palmada en la cabeza. Lo vi a los ojos y le intenté explicar y cuando volví a llorar, el perro me lamió la cara hasta que se cansó. Creo que quedó más confundido y no volvimos a tocar el tema, pero cuando llego del trabajo todavía me huele como esperando una pista o algo más y sigue mirando la puerta por la que no vas a llegar y creo que el perro todavía te está esperando.

Eres una idiota Elisa, una reverenda idiota. Y tu novio también. Francamente no sé quién es peor de los dos; él que te deja cada que cualquier tipa hace su flamante aparición o tú, que berreas y te quejas y lloras y tragas y tragas y tragas, hasta que te vuelve a buscar y regresas, porque siempre regresas. Si él es peor que tú, tú definitivamente eres más tonta, porque siempre regresas. 

Ya lo ha hecho varias veces y sé que te acuerdas de cada una. Me pregunto quién te duele más ¿la de cabello color turquesa o la del tatuaje en cursiva?¿Te acuerdas de todas las veces que intentamos descifrar qué carajos decía y ninguna le entendía a esa horrible letra? Estabas frustrada, te sentías indignada; nunca habías odiado tanto las cosas que no se dejan leer. Y tú siempre quieres saberlo todo.

Hubo más. Claro que hubo más. Yo no me acuerdo de ellas, pero apuesto a que tú sí. Yo nada más recuerdo cada vez que te pusiste mal. Eso no lo olvido.

De todas formas, siempre regresas.

Ah, pero antes de volver y pretender por un rato que el mundo es de empalagoso color rosa, vas a llegar a mi casa y vas a rogarme que te saque de fiesta. Porque nunca sales con él, no así. No a bares ni a antros ni a fiestas del amigo de un amigo. No le gustan. A mi tampoco, yo te llevo porque en esos momentos dices que lo necesitas.

Entonces llegas y desordenas mi ropa, buscando la falda más apretada que puedas encontrar y luchas para ponértela, porque estás caderona y nalgona y todo te queda demasiado chico, hasta tu hombre. Te deslizas dentro de mis medias, para cuando termine la noche las habrás hecho trizas. Empiezas a embadurnarte mi maquillaje en toda la cara sin saber cómo hacerlo y sin pedir permiso, mientras te esfuerzas en meter tus generosos muslos en el nylon. Por una vez haces a un lado tu perenne crema para labios sabor durazno, para intentar ponerte maquillaje que no sabes aplicar y te picas los ojos con la mascara, y no sabes utilizar mi iluminador y no entiendes la diferencia entre el Orgasm de Nars y el CORALista de Benefit. No intentas delinearte, no se te pasa por la cabeza, porque sabes que fallarás. Alrededor de los ojos estás repleta de manchones negros, pareces un vil mapache. No sabes aplicarte el bronceador como se debe; tus dientes están llenos de Ruby Woo cuando sonríes. Te ves fantástica.

A lo mejor eres más tonta, pero a quien de verdad detesto es a él. Tú quieres ir a una fiesta y no te atreves a hablar de verdad con nadie. No le haces caso a ninguno de los tipos que se acercan como si te fueran a comer. Él no se atreverá a probar el manjar que tienes entre las piernas como la ocasión merece, después de que te quedas con la carne cruda por el depilado brasileño, después de acompañarte a comprar lencería para adornarte. Le vas a decir a tus papás que esa noche te quedas conmigo, pero las dos sabemos en dónde vas a estar. Nos veremos el lunes en la escuela y vas a estar enamorada. Hasta que lo vuelva a hacer.

Saliendo del bar, del antro, de la fiesta, de donde sea, te tropiezas hasta mi auto. Yo siempre manejo, me aseguro de que llegues a casa con bien. Rara vez llegas a vomitar, pero siempre te rasgas las medias y los hoyos me dejan ver tu piel. Es parte del ritual; no lo perdonas hasta que hayas salido conmigo, no te metes al auto antes de que mis medias, siempre mis medias, queden hechas una porquería.

Luego llegas a tu casa y te estrellas contra la puerta sin poder meter la llave en la cerradura, mientras te despides lanzando besos al aire y agitando el brazo. Siempre dejas cosas detrás de ti, andas por ahí esparciendo tus pedacitos. Dejas tu bolsa, la chamarra. Me dejas a mi. Lo único que nunca dejas demasiado atrás y jamás a tiempo, es a él. Dejas el celular, uno de tus zapatos. La dignidad, a veces. Tu medicina, la cartera. Esta vez pierdas tras de ti tu lipstick de durazno y yo lo llevo hasta a mi nariz y lo huelo con cuidado. A esto deben saber tus labios Elisa, mi Elisa, eres una idiota.

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Yo hice este moco también, pero de plastilina.

El otro día me acosaron en la calle y decidí sacarme un moco.

Ya sé que es una estupidez absoluta, lo admito enteramente, pero mi momento sucio tenía algo de razón detrás. Quería que el acosador se sintiera asqueado, para variar.

No iba a quedarme callada, como pasó hace unos meses cuando unos cinco tipos me siguieron a unos pasos de distancia las tres calles que faltaban para llegar a mi casa, mientras paseaba a mi perra. Las dos teníamos miedo. Mira qué piernas. Mira cómo se mueven. Apuesto a que nos está escuchando ¿Linda, nos estás escuchando?

No podía decirle de groserías o enseñarle el dedo, como pasa con los imbéciles que van manejando y simplemente tienen que tocar el claxon y decir de cosas y ni siquiera te paras o volteas a ver; les enseñas el dedo correspondiente. Lo levantas en alto. Cuando voltee a verte por el retrovisor, te aseguras de que el dedo siga ahí.

Tampoco quería apretar el paso mientras fingía no pasaba nada, como aquella vez en la que me siguieron en aquella camioneta blanca por dos cuadras vacías y al final me eché a correr por una calle en sentido contrario, mientras rogaba por perderlos.

No quería quedarme callada. La gran mayoría de las veces me quedo callada y deseo con todas mis fuerzas no llamas más la atención. Y estoy genuinamente harta de ignorar lo que pasa y fingir que no ha sucedido y que no tengo que molestarme, porque al final de cuentas no es para tanto, no están grave, estoy bien, estoy bien. 

Entonces, mientras el tipo silbaba y me decía ‘mamita’ con toda la tranquilidad del mundo, me metí el dedo índice en mi fosa nasal derecha tan profundo como pude y escarbé para sacar el cochino moco que sentía desde hace rato. Ya me imaginaba la sensación de triunfo al aventárselo a su cara confiada. Con un poco de suerte le rebotaría en la jeta; con otro poco más, se le quedaría pegado. Ya le había cambiado la expresión con nada más verme hurgando en mi nariz furiosamente. Le faltaba darle un vistazo al moco.

Parecía de caricatura; era verde asqueroso. De buen tamaño y consistencia pegajosa, como un pedazo de gelatina seca, de pegamento UHU que no se ha endurecido todavía, pero no era transparente. Tenía notitas sucias. Había estado en mi nariz, era un moco veterano, tenerlo en el dedo después de haber hurgado con tanta insistencia era un acto cochino. En resumidas cuentas, el moco perfecto para aventar.

O casi, porque apenas lo intenté y ante la mirada de repulsión del idiota, el moco se quedó pegado al dedo con el cual intentaba lanzarlo. Lo intenté dos o tres veces y mi porquería, pegajosa y verde, nada más no cedía, cambiaba de dedo y mi acosador se veía más y más extrañado y asqueado. Quién es esta loca que se está sacando los mocos, lo imagino pensar. Qué clase de persona recibe un cumplido de esta forma. Se está picoteando la nariz a media calle, guácala.

Total, el tipo terminó largándose del lugar, mirándome incrédulo. Mientras caminaba volteó a verme un par de veces con la misma cara de aversión con la que todas recibimos el acoso callejero. El asqueroso se convirtió en el asqueado, la avergonzada se volvió una vergüenza y el acosador, bueno, siguió siendo un acosador. Y yo me quedé con mi moco y mi asco, por mi y en general, y mi cara de idiota.

Amo el Stop Motion, amo los parásitos. No en mi, debo aclarar. Pero me gustan esos videos de gente que se saca gusanos de pequeños hoyos que ellos han hecho en la piel, me asusta saber de su existencia. Es como un pequeño cuento de terror, íntimo y privado.

Honestamente ¿a quién no le daría miedo tener una de esas cosas moviéndose bajo la piel?

Por eso hice esta animación con ayuda de mi amor, que lo editó. Ojalá les guste.

Había entrado a la casa por la ventana de la cocina. Ahora no tenía opciones y estaba atrapado.

Podía escuchar el suave sonido de sillas siendo arrastradas por el piso de madera.

‘¿Cuántos ésta noche?’ escuchó decir a su abuelo.

‘Ocho por dos’

‘¿Ocho?¿De verdad necesitan ser tantas personas?¿Y dos? ¿No te parece excesivo?’

Su abuela gruñó en voz baja.

‘Yo no pongo las reglas, amor. Ahora es tiempo de que te vayas’

Sus cortos pasos resonaron en el piso. Probablemente estaba tomando su sombrero, sus llaves y la billetera; David conocía esta rutina muy bien. Había vivido sus primeros años en esa casa y mucho después, a los diecisiete, cuando su madre le había dicho que se largara. Habían sido sus abuelos quienes lo acogieron, a pesar de conocer muy bien todos los problemas que llevaba consigo.

El abuelo se detuvo en la puerta, dudando.

‘Edna, por favor no hagas nada de lo que te puedas arrepentir esta noche’ y David no pudo evitar preguntarse si su dulce abuelita tendría un problema con el juego o como él, uno monetario.

Después la puerta se abrió para volver a cerrarse y su abuelo ya no estaba.

Ahora, pensó, este podría ser el momento de ir por el objetivo. Mientras pudiera escuchar a su abuela moviéndose en la sala, la probabilidad de llegar a las escaleras y buscar el cuarto por dinero aún existía. Había pensado que ellos saldrían y dejarían la casa sola; después de todo, era el cumpleaños de su hijo. No contaba con que el viernes de póker sería más importante. Podría subir, buscar en silencio y saltar por alguna ventana del segundo piso. No se lastimaría. Lo había hecho un par de veces antes.

Pasó cerca de media hora antes de que escuchara los ronquidos débiles de la abuela en la sala y corrió hacia las escaleras. No pudo evitar ver el espejo del pasillo cubierto. Ya empezaba a sentir la ola de alivio cuando tomó la perilla de la habitación principal e intentó abrir la puerta, pero nada. Estaba cerrada con llave. Y lo mismo con la habitación de huéspedes, que había sido su vieja habitación, y con el baño. Ésta era la primera vez que pasaba algo así.

Siempre podía regresar por donde había venido, bajar las escaleras y pretender que simplemente había pasado a ver a sus abuelos. Después de todo, aún era su nieto. Quizá la amenaza que le habían hecho a su madre era sólo eso, un bluff, para que él no volviera y no tuvieran que llamar a la policía. Tal vez ya no tendrían miedo. Sí, las cosas se habían puesto feas, pero no era él mismo aquella vez y seguía siendo su nieto.

David decidió arriesgar sus posibilidades, bajar y salir de la casa por la puerta de enfrente -aquella que no había utilizado en años, mucho antes de que sus abuelos cambiaran las cerraduras- cuando a unos metros de la entrada, alguien tocó el timbre y el ronquido que provenía de la sala paró súbitamente. Tenía los segundos exactos para esconderse en el pequeño clóset cerca de la sala antes de que la abuela llegara a la puerta y le diera la bienvenida a sus invitados.

‘¡Buenas noches!’

‘¡Buenas noches a ti querida!’

Se saludaban de beso y se llamaban cariño y querida las unas a las otras. Escondido desde el pequeño clóset podía ver la sala entera y las personas que entraban poco a poco. Eran viejas y la mayoría se veía decrépitas, pero sonaban animadas y David casi se alegró que su abuela aún tuviera ese tipo de visitas tan tarde. No las había contado, pero le parecía que eran siete y todas genuinamente contentas de ver a la abuela Edna. Habían traído consigo una charola de hornear, queso y vino. Sintió una punzada de hambre. No había comido desde ayer, o quizá dos días antes. No podía recordarlo bien.

Cuando ya se habían acomodado en los sillones, una de las mujeres sacó un mazo de cartas. Así que la pequeña y frágil abuelita Edna tenía un problema de juego. No podía evitar reír. Tal vez esa era la razón que David tenía el tipo de problemas. Ya sabes, cuestiones hereditarias.

Jugaron un par de manos mientras parloteaban, con música suave de jazz en el fondo. Algunas de ellas no decían nada y se limitaban a comer. Su abuela tenía esas reuniones semanales desde que podía recordar, pero él jamás había conocido a sus amigas. Cuando sucedían, su abuelo lo llevaba a ver películas o a comer pizza o algo, mientras ella y su grupo jugaban hasta ya pasada la medianoche y cuando ellos regresaban, la casa parecía desierta, como si no hubieran recibido visitas.

‘Y bien. Cómo se encuentran sus familias’ preguntó mientras barajaba las cartas. El parloteo no paró, a pesar de que el tema de conversación se tornaba más lúgubre conforme iban hablando.

‘Cáncer. El cáncer de mi hermano ha vuelto, esta vez en forma de metástasis. Es la tercera vez en poco más de dos años.’

‘Mi esposo. El alzheimer le ha hecho olvidarse de mi. No se reconoce a si mismo cuando se mira al espejo’

‘Mi hija ha vuelto a quedar embarazada, después del suceso del año pasado. Y del año pasado.’

‘La hermana de mi esposo ha muerto’ dijo una mujer de suéter color crema y se escuchó un murmullo de lástima. Un verdadero desperdicio, una de ellas comentó, mientras la que había dado la noticia asentía con la cabeza.

‘¿Y ustedes, queridas?’

Esta vez la respuesta fue mucho mayor. Las voces se mezclaban mientras una mencionaba la incontinencia y otra mostraba sus temblorosas manos y el daño que le había hecho el Parkinson. David tuvo que apartar la mirada cuando una viejecita frágil con chalina rosa se levantaba la camisa para enseñar su bolsa de colostomía.

‘En resumen, estamos casi en el mismo lugar que el año paso ¿no les parece?’ sentenció mientras su público asentía. La mujer de azul marino era la líder, pudo verlo enseguida. Había dos de azul, pero la más joven no dejaba de sonarse la nariz y limpiarse los ojos llorosos. Ella, la más vieja, tenía una seguridad que las demás no tenían.

‘Entonces, es un trato. Dos serán suficientes. Queridas, escojan’

La mujer de azul terminó de revolver las cartas y caminó en círculo por la sala. Cada una de ellas tomó una carta mientras ella terminaba su recorrido y volvía a su lugar original. Una a una fueron hablando.

‘As de diamantes’

‘Nueve de tréboles’ dijo la mujer del hermano con cáncer.

‘Tres de espadas’

‘Cuatro de espadas’

‘Dos de diamantes’

‘Joker’

‘Seis de corazones’ dijo Edna.

‘Siete de corazones’ dijo la mujer de los ojos llorosos.

Todas bajaron sus cartas. Algunas suspiraron de alivio, pero David aún no entendía por qué. La mujer de azul marino alternaba entre mirar a su abuela y a la de azul claro, hasta que finalmente se aclaró la garganta.

‘Edna, querida. Parece que ha habido un error en el sorteo. El hermano de Marisa bastará, pero Sonia’ dijo la mujer de azul marino, señalando a la mujer de ojos llorosos, que se veía furiosa ‘lleva dos años seleccionada en el sorteo. Y si no me equivoco, has tenido suerte los últimos cinco años. ¿Qué hemos recibido de ti, Edna?’

‘¡No nos has dado nada Edna!¡Nada!’ gritó la mujer de ojos llorosos, que al parecer se llamaba Sonia.

La abuela murmuró con las manos temblorosas. Nunca la había visto tan asustada.

‘Mi tercero. Les di mi tercero’

‘Eso fue hace una generación. Entiéndenos, cariño’ dijo la de azul marino mientras le daba una palmada amistosa en la rodilla. La abuela suspiró, cansada.

‘Entonces, a quién piden. Qué quieren.’

‘Tú ya lo sabes Edna’

La mujer de los ojos llorosos se levantó, arrojando su copa de vino al piso. Alguien más, no sabía quién, soltó una risita burlona.

‘¡Dos bebés!¡El primer bebé de mi familia! Yo sabía lo que se necesitaba para unirme a ustedes. Te atreves a comparar eso a un adicto que arruinó su propia vida!’

‘Tu nieto drogadicto, Edna. ¿Cuándo fue la última vez que lo viste?’

Las demás mujeres balbuceaban en voz baja mientras que un escalofrío terrible bajaba por la espalda de David y todos los vellos de su cuerpo se erizaban.

‘Un desperdicio de aire’

‘Su propio padre no lo quería y su madre, su madre intentó deshacerse de él’

‘Pero no pudo ¿y recuerdas por qué?’

‘Porque nosotras no lo permitimos’

‘Tu hija tendrá otros bebés. Haremos que los tenga’

La mujer de azul marino alzó la mano, tranquilamente y todas callaron.

‘Además, Edna, querida. Este lugar hiede a él. Debió dejar ese asqueroso olor la noche en que entró aquí, nada más pensando en dinero, incluso considerando matarlos mientras dormían. Lo habría hecho si no hubieran despertado, lo sabes, lo viste en su repugnante corazón’ continuó, mientras que Edna asentía y a David se le caía el alma a los pies ‘así que haremos una apuesta ¿está bien? Pares, el futuro y no nacido nieto de Sonia. Impares, el tuyo. Fue la misma carta. Es más que justo.’

Las mujeres chillaron con una risa emocionada mientras que Sonia y Edna se turnaron un cuchillo para hacer un corte profundo en la mano izquierda de la otra. Después, cada una tomó un dado que les ofrecía la mujer y lo untaron con la mezcla de su sangre. La líder tomó ambos y los arrojó a la mesa, sobre las cartas.

El tiempo casi se paralizó mientras los dados caían. David observaba cuidadosamente cuando sus ojos se encontraron con los suyos. A través de la rendija de la puerta, ella lo vio y sonrió mientras se lamía los dedos ensangrentados. Sintió una náusea inmensa el momento en el que los dados tocaron la superficie de la mesa y todas las mujeres guardaron silencio.

‘Decidido entonces. Dos personas para el beneficio de ocho familias. ¿Y ahora, Edna?’

‘Está bien. Lo entrego’ suspiró resignada Edna a la vez que empezaba a reír, a reír contra su propia voluntad y las demás la acompañaban carcajeando, mientras que poco a poco se abrían todas las puertas de la casa, justo en el momento en el que David caía, escupiendo sangre y vómito, su cuerpo entero temblando.

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Hombre que mira al futuro, 2014. Técnica mixta.

Llevo trabajando en esta ilustración por un par de meses, para acompañar un cuento -en el cuál llevo trabajando un par de meses también- llamado El alto precio de la juventud.

Mi hermano dice que se parece a Walter White. Yo le digo a mi hermano que es un burro.

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Detalle de la barba.