Había entrado a la casa por la ventana de la cocina. Ahora no tenía opciones y estaba atrapado.

Podía escuchar el suave sonido de sillas siendo arrastradas por el piso de madera.

‘¿Cuántos ésta noche?’ escuchó decir a su abuelo.

‘Ocho por dos’

‘¿Ocho?¿De verdad necesitan ser tantas personas?¿Y dos? ¿No te parece excesivo?’

Su abuela gruñó en voz baja.

‘Yo no pongo las reglas, amor. Ahora es tiempo de que te vayas’

Sus cortos pasos resonaron en el piso. Probablemente estaba tomando su sombrero, sus llaves y la billetera; David conocía esta rutina muy bien. Había vivido sus primeros años en esa casa y mucho después, a los diecisiete, cuando su madre le había dicho que se largara. Habían sido sus abuelos quienes lo acogieron, a pesar de conocer muy bien todos los problemas que llevaba consigo.

El abuelo se detuvo en la puerta, dudando.

‘Edna, por favor no hagas nada de lo que te puedas arrepentir esta noche’ y David no pudo evitar preguntarse si su dulce abuelita tendría un problema con el juego o como él, uno monetario.

Después la puerta se abrió para volver a cerrarse y su abuelo ya no estaba.

Ahora, pensó, este podría ser el momento de ir por el objetivo. Mientras pudiera escuchar a su abuela moviéndose en la sala, la probabilidad de llegar a las escaleras y buscar el cuarto por dinero aún existía. Había pensado que ellos saldrían y dejarían la casa sola; después de todo, era el cumpleaños de su hijo. No contaba con que el viernes de póker sería más importante. Podría subir, buscar en silencio y saltar por alguna ventana del segundo piso. No se lastimaría. Lo había hecho un par de veces antes.

Pasó cerca de media hora antes de que escuchara los ronquidos débiles de la abuela en la sala y corrió hacia las escaleras. No pudo evitar ver el espejo del pasillo cubierto. Ya empezaba a sentir la ola de alivio cuando tomó la perilla de la habitación principal e intentó abrir la puerta, pero nada. Estaba cerrada con llave. Y lo mismo con la habitación de huéspedes, que había sido su vieja habitación, y con el baño. Ésta era la primera vez que pasaba algo así.

Siempre podía regresar por donde había venido, bajar las escaleras y pretender que simplemente había pasado a ver a sus abuelos. Después de todo, aún era su nieto. Quizá la amenaza que le habían hecho a su madre era sólo eso, un bluff, para que él no volviera y no tuvieran que llamar a la policía. Tal vez ya no tendrían miedo. Sí, las cosas se habían puesto feas, pero no era él mismo aquella vez y seguía siendo su nieto.

David decidió arriesgar sus posibilidades, bajar y salir de la casa por la puerta de enfrente -aquella que no había utilizado en años, mucho antes de que sus abuelos cambiaran las cerraduras- cuando a unos metros de la entrada, alguien tocó el timbre y el ronquido que provenía de la sala paró súbitamente. Tenía los segundos exactos para esconderse en el pequeño clóset cerca de la sala antes de que la abuela llegara a la puerta y le diera la bienvenida a sus invitados.

‘¡Buenas noches!’

‘¡Buenas noches a ti querida!’

Se saludaban de beso y se llamaban cariño y querida las unas a las otras. Escondido desde el pequeño clóset podía ver la sala entera y las personas que entraban poco a poco. Eran viejas y la mayoría se veía decrépitas, pero sonaban animadas y David casi se alegró que su abuela aún tuviera ese tipo de visitas tan tarde. No las había contado, pero le parecía que eran siete y todas genuinamente contentas de ver a la abuela Edna. Habían traído consigo una charola de hornear, queso y vino. Sintió una punzada de hambre. No había comido desde ayer, o quizá dos días antes. No podía recordarlo bien.

Cuando ya se habían acomodado en los sillones, una de las mujeres sacó un mazo de cartas. Así que la pequeña y frágil abuelita Edna tenía un problema de juego. No podía evitar reír. Tal vez esa era la razón que David tenía el tipo de problemas. Ya sabes, cuestiones hereditarias.

Jugaron un par de manos mientras parloteaban, con música suave de jazz en el fondo. Algunas de ellas no decían nada y se limitaban a comer. Su abuela tenía esas reuniones semanales desde que podía recordar, pero él jamás había conocido a sus amigas. Cuando sucedían, su abuelo lo llevaba a ver películas o a comer pizza o algo, mientras ella y su grupo jugaban hasta ya pasada la medianoche y cuando ellos regresaban, la casa parecía desierta, como si no hubieran recibido visitas.

‘Y bien. Cómo se encuentran sus familias’ preguntó mientras barajaba las cartas. El parloteo no paró, a pesar de que el tema de conversación se tornaba más lúgubre conforme iban hablando.

‘Cáncer. El cáncer de mi hermano ha vuelto, esta vez en forma de metástasis. Es la tercera vez en poco más de dos años.’

‘Mi esposo. El alzheimer le ha hecho olvidarse de mi. No se reconoce a si mismo cuando se mira al espejo’

‘Mi hija ha vuelto a quedar embarazada, después del suceso del año pasado. Y del año pasado.’

‘La hermana de mi esposo ha muerto’ dijo una mujer de suéter color crema y se escuchó un murmullo de lástima. Un verdadero desperdicio, una de ellas comentó, mientras la que había dado la noticia asentía con la cabeza.

‘¿Y ustedes, queridas?’

Esta vez la respuesta fue mucho mayor. Las voces se mezclaban mientras una mencionaba la incontinencia y otra mostraba sus temblorosas manos y el daño que le había hecho el Parkinson. David tuvo que apartar la mirada cuando una viejecita frágil con chalina rosa se levantaba la camisa para enseñar su bolsa de colostomía.

‘En resumen, estamos casi en el mismo lugar que el año paso ¿no les parece?’ sentenció mientras su público asentía. La mujer de azul marino era la líder, pudo verlo enseguida. Había dos de azul, pero la más joven no dejaba de sonarse la nariz y limpiarse los ojos llorosos. Ella, la más vieja, tenía una seguridad que las demás no tenían.

‘Entonces, es un trato. Dos serán suficientes. Queridas, escojan’

La mujer de azul terminó de revolver las cartas y caminó en círculo por la sala. Cada una de ellas tomó una carta mientras ella terminaba su recorrido y volvía a su lugar original. Una a una fueron hablando.

‘As de diamantes’

‘Nueve de tréboles’ dijo la mujer del hermano con cáncer.

‘Tres de espadas’

‘Cuatro de espadas’

‘Dos de diamantes’

‘Joker’

‘Seis de corazones’ dijo Edna.

‘Siete de corazones’ dijo la mujer de los ojos llorosos.

Todas bajaron sus cartas. Algunas suspiraron de alivio, pero David aún no entendía por qué. La mujer de azul marino alternaba entre mirar a su abuela y a la de azul claro, hasta que finalmente se aclaró la garganta.

‘Edna, querida. Parece que ha habido un error en el sorteo. El hermano de Marisa bastará, pero Sonia’ dijo la mujer de azul marino, señalando a la mujer de ojos llorosos, que se veía furiosa ‘lleva dos años seleccionada en el sorteo. Y si no me equivoco, has tenido suerte los últimos cinco años. ¿Qué hemos recibido de ti, Edna?’

‘¡No nos has dado nada Edna!¡Nada!’ gritó la mujer de ojos llorosos, que al parecer se llamaba Sonia.

La abuela murmuró con las manos temblorosas. Nunca la había visto tan asustada.

‘Mi tercero. Les di mi tercero’

‘Eso fue hace una generación. Entiéndenos, cariño’ dijo la de azul marino mientras le daba una palmada amistosa en la rodilla. La abuela suspiró, cansada.

‘Entonces, a quién piden. Qué quieren.’

‘Tú ya lo sabes Edna’

La mujer de los ojos llorosos se levantó, arrojando su copa de vino al piso. Alguien más, no sabía quién, soltó una risita burlona.

‘¡Dos bebés!¡El primer bebé de mi familia! Yo sabía lo que se necesitaba para unirme a ustedes. Te atreves a comparar eso a un adicto que arruinó su propia vida!’

‘Tu nieto drogadicto, Edna. ¿Cuándo fue la última vez que lo viste?’

Las demás mujeres balbuceaban en voz baja mientras que un escalofrío terrible bajaba por la espalda de David y todos los vellos de su cuerpo se erizaban.

‘Un desperdicio de aire’

‘Su propio padre no lo quería y su madre, su madre intentó deshacerse de él’

‘Pero no pudo ¿y recuerdas por qué?’

‘Porque nosotras no lo permitimos’

‘Tu hija tendrá otros bebés. Haremos que los tenga’

La mujer de azul marino alzó la mano, tranquilamente y todas callaron.

‘Además, Edna, querida. Este lugar hiede a él. Debió dejar ese asqueroso olor la noche en que entró aquí, nada más pensando en dinero, incluso considerando matarlos mientras dormían. Lo habría hecho si no hubieran despertado, lo sabes, lo viste en su repugnante corazón’ continuó, mientras que Edna asentía y a David se le caía el alma a los pies ‘así que haremos una apuesta ¿está bien? Pares, el futuro y no nacido nieto de Sonia. Impares, el tuyo. Fue la misma carta. Es más que justo.’

Las mujeres chillaron con una risa emocionada mientras que Sonia y Edna se turnaron un cuchillo para hacer un corte profundo en la mano izquierda de la otra. Después, cada una tomó un dado que les ofrecía la mujer y lo untaron con la mezcla de su sangre. La líder tomó ambos y los arrojó a la mesa, sobre las cartas.

El tiempo casi se paralizó mientras los dados caían. David observaba cuidadosamente cuando sus ojos se encontraron con los suyos. A través de la rendija de la puerta, ella lo vio y sonrió mientras se lamía los dedos ensangrentados. Sintió una náusea inmensa el momento en el que los dados tocaron la superficie de la mesa y todas las mujeres guardaron silencio.

‘Decidido entonces. Dos personas para el beneficio de ocho familias. ¿Y ahora, Edna?’

‘Está bien. Lo entrego’ suspiró resignada Edna a la vez que empezaba a reír, a reír contra su propia voluntad y las demás la acompañaban carcajeando, mientras que poco a poco se abrían todas las puertas de la casa, justo en el momento en el que David caía, escupiendo sangre y vómito, su cuerpo entero temblando.

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Hombre que mira al futuro, 2014. Técnica mixta.

Llevo trabajando en esta ilustración por un par de meses, para acompañar un cuento -en el cuál llevo trabajando un par de meses también- llamado El alto precio de la juventud.

Mi hermano dice que se parece a Walter White. Yo le digo a mi hermano que es un burro.

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Detalle de la barba.

Olías a Brisa de Mar. A Mentol Refrescante, a Protección Anticaída. Olías a la cabeza de mi papá. Te bañaba con champú de Leche de Coco Nutritiva. Y cuando mi mamá te bañaba eras pura lavanda, esa flor tan tristona que tanto le gusta. Olías a todos nosotros, excepto a Fernando, que huele a cigarro y coca cola. Todos los olores familiares estaban resumidos en tu piel.

Talentosísima cazadora de mariposas y pajaritos indefensos. De moscas. Más de una vez colocaste orgullosa, en la palma de mi papá, un pedazo de caca fresca. Desgraciada perra, eras un desastre natural.

Y también fuiste la princesa indiscutible de la casa. Mientras que mamá gritaba que levantara mi tirador y que fuera a recoger mi ropa, a ti te invitaba a sillón para rascarte la barriga y detrás de las orejas. Conozco a pocas personas a las que no les cayeras bien y esa no fue nunca una razón para no dar amor. Acompañaste a cada enfermo que estuvo en la casa. A mi hermano lo operaron de su hernia y te plantaste a su lado hasta que mejoró, a mi mamá le dolía la cabeza y nunca te separaste de ella. Cuando mi prima que también te quería tanto se nos fue, jamás dejaste sola a mi tía. Cada tristeza la intentabas arreglar on lamidas y presencia. Eras cómplice incondicional, amiga terca, cariño
inmediato. Pedías muy poco. Cómo no ibas a ser mi princesa.

La presencia peludita, acaparadora de almohadas, robadora de frutas. Te comiste mi aparato de dientes, los tomos de la mitad de los libros de Isabel Allende. Si esto era una casa, tú fuiste una de las razones por las que se convirtió en un hogar. Nadie nunca me dijo que un perro iba a ser tanto.

Fuiste muy valiente, la más valiente de todas. He encontrado pocas personas tan valientes como tú y puedo decirte que es un verdadero honor habernos conocido.

La verdad no me lo esperaba. Te podía sentir, flaquita y pequeña, lo más pequeña que te he visto en toda la vida. Abrazada a ti, aún latías. Uno, dos. Uno, dos. Uno. Y luego ya no hubo dos. Qué bueno que te fuiste, porque ya no te duele, porque ese cuerpecito duro y frío ya no eras tú.

Empecé este cuento el diez de abril a las cinco de la tarde, después de mi (obligatoria) clase de religión. Ahora, mientras más lo pienso, más me recuerda a mis viejos amigos, de la mayoría ya no sé nada. Si están por acá, si leen esto, que sepan que aún pienso en ustedes, que estos exilios autoimpuestos no evitan que, de cada tanto en tanto, piense en ustedes como compañeros en la guerra, como faros advirtiendo la proximidad de la costa. Esto es para Topa, para Poio, para Grampus, para Thiago y para Mario.   

Lo excomulgaron el año 1535. Había sido llamado erudito por las cabezas de la Iglesia y sabio por muchos, muchos otros líderes de otras religiones y cultos menores. A la reverencial edad de sesenta y tres años había viajado por el mundo, conocido a los moros de Arabia y a los africanos de las tribus más remotamente alejadas del desierto. Hablaba trece idiomas. Conocia al mismísimo papa y ante él se habia postrado despues de besar su anillo de oro. Toda su vida había buscado a Dios en cada lugar donde su palabra se había expresado, fuera en árabe o en italiano, en latín o en francés. Lo habían comparado con Tomás de Aquino y con Platón y algunos, los más sorprendidos, murmuraban tras escucharlo que algún día sería Santo. Se llamaba Alfonso de Pavón. Era el hijo de un noble venido a menos y toda su vida había sentido la mano de Dios sobre él.

El Día de la Revelación diferentes líderes religiosos se congregaron en el mismo castillo, en la orilla de España y el territorio conquistado, Jamás hubo una congregación así y él era el único hombre en la historia al que le abrían todas las puertas y que podía reunir a todos. Fue, desde luego, el concilio más importante de todos los tiempos, más aún que el de Nicea, y ahora esta completamente olvidado.

Dios, empezó diciendo ante su atento público, tiene muchas caras.

Ese fuego de los Judíos es el fuego de los Cristianos, es la misma ira de Alá que le dio fuerza para derrotar a sus enemigos en la batalla de Badr y la que tumbó las murallas de Jericó. Y Dios es Zeus y es Afrodita, Mukuru, Odín. Al no poderse presentar en toda su magnitud adopta múltiples caras para que los hombres podamos comprenderlo. El Dios de los Cristianos es el Dios de los Egipcios y de los negros, dijo mientras el susurro horrorizado se convertía en un grito de genuino odio y vergüenza. Y Dios, en verdad (gritaba él mientras su auditorio se levantaba de los asientos para gritarse mutuamente y recordarse toda la historia de las guerras libradas entre si) es Amor. Tan grande es su amor que quiere que todos, sin importar su origen, pueden conocerlo. Tan grande es que nos ama y nos da las mismas oportunidades sin importar lo diferentes que seamos- terminó de hablar con lágrimas en los ojos mientras que los cardenales de Francia,  esos escuálidos viejecitos, se agarraban a golpes con el Imán del sur, todavía mucho más anciano y escuálido que ellos, y los representantes de la Iglesia Ortodoxa Griega rodaban por el suelo con los persas. Todos los representantes de todas las Iglesias y religiones que asistieron ese día a escuchar a Alfonso de Pavón terminaron golpeándose como niños callejeros.

Lo excomulgaron ese mismo día. Lo desterraron al siguiente y ninguno de los poderes que antes lo habían acogido en sus reinos y provincias quiso abrirle sus puertas. Las tribus del desierto desaparecieron entre las dunas, ningún intérprete quiso traducir sus palabras y cuando llegaba conociendo los idiomas, hicieron oídos sordos. Después de salir de Italia, pasar por África y ser cruelmente expulsado de las colonias españolas y portuguesas en América, siguió su peregrinaje hasta llegar a Inglaterra, en donde Enrique VIII, el excomulgado más famoso de esos tiempos, se río escandalosamente de sus desdichas y le permitió quedarse en su reino si juraba no predicar sus ideas malsanas y locas ante el pueblo inglés. Y Alfonso, después de ver las mil caras de Dios, adoradas por beduinos, cristianos, anglicanos, judíos, chinos, hindúes, japoneses, himbas, bosquimanos, tuaregs, zulus y más, también vio las caras de sus fieles dándole la espalda para monopolizar a Dios.

‘No veo, señor, como puedes amarlos’

Fue lo último que escribió en la última página del cuaderno en el que había anotado todas sus observaciones y murió de frío y soledad en la triste tierra en donde había ido a parar.

Encontramos su cuaderno en una casa abandonada.

Este ha sido el invierno más frío en diez años, tan frío que el agua se congela en las tuberías y las pestañas se pegan entre si por la escarcha. Leí el libro entero y después, con cierto pesar en el alma, lo arrojé a la hoguera, página por página. Ese compendio ya olvidado de las caras de Dios nos dio una noche de calor. Supongo, que si me esta viendo desde algún lugar protegido de cualquier religión, aprobará que lo haya hecho. Los dos sabemos que tan cruel puede ser el frío en este país.

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